lunes, 10 de julio de 2017

La luna le dijo adiós

La luna le dijo adiós.
Le dijo adiós, con los ojos encharcados
y la mirada perdida.

Le dijo adiós, sin saber que él no escuchaba.
Que no podía.

La luna le dijo adiós y pasaron tres días
hasta que alguien contestó.
Y no fue él.
Él ya no era.

Ay Luna, Lunita, Lunera.
Quién pudiera abrazarse a tu pecho,
y calmar tus penas.

Quién pudiera escuchar tus latidos

en la noche oscura
en la noche en calma.

Ay, luna, lunita, lunera
que nos lo han quitado.

Tu amante, mi amigo, su alma.

Quién pudiera retrasar el tiempo.
Y matar el odio
o a ellos, por qué no.

Ay, Luna, abrázame fuerte
a ver si nos oye
y decide volver.

Que yo no quiero llorar de pena
quiero su vuelta.

Quiero que vuelva,
ay, Luna, Lunita, Lunera.

lunes, 26 de junio de 2017

Llueven atardeceres

El caos inunda el vacío
de rostros carentes de mentes ilustres.
El caos, que dibuja, a lo alto, en las nubes
piscinas repletas de sangre inocente.

Desiertos que lloran
arena en las plantas
y matan recuerdos.
Y matan.
Y matan.

Dos niños pequeños que juegan absortos
dos mentes que gritan y piden socorro.
Y mueren ahogados en llanto
a manos de otros.
Y mueren pequeños.
Y mueren.

Todo es cruel, al parecer,
y el cielo clama justicia
sin respuesta.
Y tiembla el mar, como si nada pudiera volver a su curso.

Pero, a veces,
sale el sol
y llueven atardeceres.

Y entonces
nadie llora de pena y los poetas cantan.

Y los niños, juegan
a ser
niños.

sábado, 6 de mayo de 2017

Aunque no pase en Europa

Duele.
Cada paso que da duele.
No son sus pies.
Duele el frío que se inyecta cual veneno.
Sangre helada.
Congelada.
Su corazón da un último suspiro.
y grita.

Clama socorro pero su voz es débil
(o está silenciada).
Quizá si el sonido de las bombas no estuviera.
Si las metrallas hicieran menos ruido.
Si los muertos lloraran más bajito.

Duele.
Duele cada paso que da
Intentando (sobre) vivir.
Duelen las piernas,
que no pueden dejar de buscar
y no encuentran
un apoyo.
Porque en todas partes son mal recibidas.
Porque ahora están en tierra de nadie.
En tierra de nadie.
En tierra de nadie.
Porque su tierra ya no es suya.
Se la han robado.

Duele la garganta que ya no emite sonido.
Porque su fuerza se ha perdido en el vacío del mundo.
Porque han transformado su lucha en un vacío en el mundo.
Como si no existieran.
Como si no existieran.
Como si no existieran.

Son estados sin nación;
con una nación robada.
No, son personas sin tierra.
Con una tierra usurpada.

Han robado sus casas
las han destruido.
Han invadido sus pueblos
los han expulsado.

Los hemos asesinado.

Y ellos siguen construyendo escuelas al norte de Gaza.
Y continúan plantando olivos en campos desiertos.

Siguen luchando cada mañana para ir al colegio,
Y juegan con trozos de tierra de nadie.
Y miran el sol.
Y sonríen.

Quizá algún día entendamos que ellos son los héroes.
Y que sin bombas destruyen cadenas de odio y destrozan el miedo.
Quizá algún día entendamos que somos todos hermanos.

Y mientras
Seguirán muriendo.

Seguirá doliendo.
Seguirá doliendo.

Aunque no pase en Europa

viernes, 24 de marzo de 2017

LO QUE NO SABEN


Dicen que tienes el pelo lacio
y las inseguridades a flor de piel.
Que siempre que te enfadas gritas
porque es tu vía de escape.
Dicen que siempre vas con una sonrisa
aunque no puedas
porque alguien te enseñó que llorar es para cobardes.
Que en tu ignorancia de niña lo creíste
y en tu madurez adulta, te mostraron
que así era.
Que llorar es para cobardes
que el dolor se convierte en fuerza
y transformaste esa fuerza en furia.
Dicen que tienes los ojos verdes
y la mirada perdida.
Que no sueles mirar a los ojos
porque temes que te descubran.
Porque temes que te hagan daño
si eres tú.
Porque prefieres ser invisible
que punto de mira.

Dicen que nunca levantas la mano en clase, si hacen preguntas;
que sacas tu libreta de apuntes
y escribes.
Dicen que no hay día en que no escribas
porque temes al olvido casi más
que a tus propios monstruos.
Dicen que te han visto llorar sin soltar una lágrima.
Que amas el silencio.
Dicen que en ocasiones transformas tus miedos
que les quitas medios
y los pones en tus ganas de seguir luchando.
Dicen que eres una guerrera en combate
en un combate que para ellos está perdido.
Lo que no saben
es que tu batalla se libra cada mañana.
Para salir de la cama
para lavarte los dientes
para salir a la calle
para cruzar una puerta.
Lo que no saben
es que tú ganas una lucha cada día
que sigues viva.
Que tus ojos brillan con luz propia.
Que tu alma brilla con luz propia.
Lo que no saben es que todo ese tiempo que has sido silencio
pedías a gritos que alguien te salvara
y que menos mal que no lo hicieron
porque ahora te has salvado tú.
No saben nada de las noches en vela mirando el cielo
porque la luna es la única que comprendía tu soledad
aún estando rodeada de estrellas.
No saben que dejaste de esconderte
cuando te encontraste.
que sigues encontrándote
cada día que pasa.
No saben que un corazón roto
se arregla poco a poco.
Pero no les culpes.
Sólo mira a la niña cansada que se muestra frente a ti cada mañana
y dale la mano.
No necesita nada más.
Que le sostengas
que te sostengas.
Sabes que es mucho más de lo que dicen de ella.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Al insomnio que me provoca (s)

Al insomnio le debo mis noches en vela y
mis ojeras de luna.
Pero también poder verla llena
y mirarte dormida.

Y doy las gracias al insomnio
por poder respirar un segundo más con los
ojos abiertos.
Por dejarme soñar un segundo más con la
luz apagada
Y la mente a todo volumen.

Por regalarme versos perdidos entre
susurros
y dejarme confundir a la noche
para que no me confunda ella.

Al insomnio, que me provoca
con sus ráfagas de peligro.
Al insomnio que me provocas
con tus ráfagas de peligro.

Al insomnio le debo la mitad de mis versos
y todos tus besos
que me regaló hace tiempo y yacen
perdidos en algún lugar de tu cuarto.

De tu cuarto suspiro cuando ves la hora
y te exasperas
porque llegas tarde.
Como si alguien te esperase más allá de
tus sueños.

Al insomnio que me roba el sueño
y me regala tiempo.
Y silencio.

Silencio para compartir contigo
porque el silencio no vuela;
pero volar en silencio siempre ha sido cosa
de dos.

Al insomnio que me provoca
le doy las gracias
Por no dejarme sola cuando aparece
el insomnio que me provocas.

lunes, 27 de febrero de 2017

H. 2. ESCOPETA

No hace mucho que hombres y animales (si es que no lo son estos primeros)  cohabitaban en una armonía sólo propia de la naturaleza.
Sin embargo, la incesante búsqueda del hombre de poder absoluto, supuso para la naturaleza la pérdida del control que poseía de forma innata.
La caza se convirtió para los hombres en algo más que un mero instinto de supervivencia.

Es menester, pues, mencionar la destrucción ocasionada por dicha especie, que resulta implícita y relevante dentro del contexto en que nos hallamos.

Cierto día, acontecía el septuagésimo aniversario de un solitario cazador, que vivía a las afueras de la ciudad (pues su apatía por la urbe era igualable al desprecio que sentía hacia el mundo animal).

Su casa, una pequeña choza de no más de sesenta metros cuadrados, se encontraba a unos veinte kilómetros de la ciudad, junto a un río que dividía el bosque en dos grandes sectores.
Dentro de la misma, el hombre descansaba sobre un sofá recubierto de pieles de ciervo.
Llamaron a la puerta cinco veces, hasta que, extrañado por la inesperada aparición de alguien en aquel recóndito lugar, se levantó a la espera de que aquella hubiera sido una mera equivocación.

Abrió la puerta, fabricada a base de madera de roble, pero no encontró nada más que una alargada caja de madera en la cuál se hallaba una escopeta de caza antigua.

Volvió al interior de la choza, y tras poner el objeto sobre la mesa y observarlo detenidamente, descubrió que se trataba de un dulce perfectamente moldeado. Sobre él, había depositada con sumo cuidado una pequeña nota que tenía escrito: "Feliz cumpleaños, tu colega Pedro".
Pedro era uno de los pocos amigos que conservaba desde que se mudó al bosque, y el único que conocía su ubicación exacta en la actualidad.

Así pues, aunque no era partidario de la ingesta de azúcar (hacía mucho que únicamente se alimentaba de los animales que cazaba, acompañados por latas de conserva que adquiría una vez al año, al bajar a la ciudad), decidió probar el presente que su compañero le había traído.
Mientras lo hacía, se preguntaba por qué no había decidido visitarlo personalmente para entregárselo. Sin embargo, dada la desidia social que había desarrollado a lo largo de los años, agradeció la evasiva de contacto visual.

Una vez hubo desistido de la ingesta de azúcar, se levantó con desazón para situarse de nuevo en su sofá de piel de ciervo.

No obstante, no logró tumbarse antes de sentir una fuerte opresión en el pecho, que apenas de permitía contener el aliento.
Su pulso deceleraba al ritmo de las agujas del reloj, e intentaba inhalar tanto aire como podía, mientras observaba la figura mermada de aquella escopeta almibarada.

Era plenamente consciente de lo que acontecía en la habitación. Y, mientras perdía poco a poco el último soplo de vida que le quedaba, dibujó en su rostro una sonrisa triunfal.
Su muerte no suponía sino el colofón de todas las que le precedían, y de las cuales había salido victorioso. El desdén por su propia especie inundó cada centímetro de su cuerpo, carente de pesar, y vacío ya de toda vida.

H. 1. AUTOBÚS

Hoy ha subido al autobús un hombre muy interesante. He decidido llamarlo Raúl. Tenía el pelo canoso y los ojos color avellana.

Ha pagado el billete y ha buscado un lugar para sentarse.

En el mundo existen dos clases de personas: los que no soportan sentarse en los asientos que miran a la parte posterior, y aquellos que lo único que desean es descansar. La mayoría de las personas forman parte del primer grupo.
Raúl es uno de ellos.

Normalmente no coge el autobús, le agobia la gente aglutinada en espacios reducidos. Sin embargo, hoy ha decidido subir. Con toda probabilidad llega tarde a su puesto de trabajo, puesto que no deja de mirar el reloj de bolsillo que guarda en su americana negra.
Para más inri, en el asiento de al lado se ha puesto una niña (de unos 5 años), que no deja de gritar y patalear. Su madre pide disculpas repetidamente a Raúl; pero éste, absorto en sus pensamientos, no escucha nada.

Su jefe le llama. Se oyen gritos al otro lado del teléfono móvil, que finalmente cuelga mientras su interlocutor todavía está hablado (o gritando, mejor dicho).

Pasados unos minutos baja del autobús. En su rostro una sonrisa amplia y sincera. Llama a su mujer. "Cariño, voy para casa".